
El perfume.
Rodeado de una nube de aromas indescifrables para el resto de los mortales, el alquimista de calle Tarapacá mezcla lo último de Kenzo con fórmulas que “roba” de las grandes tiendas. Zachary vagó por playas comiendo pescado crudo y hoy posee un pequeño imperio de fragancias.
Carlos Salazar
Interior tarde, en la tienda de Zachary Díaz. Perfumero top del barrio San Diego. Una mujer entra tambaleándose de cansancio a la tienda ubicada en Tarapacá a un costado del Cine Normandie.
-¿Cuál es la última fragancia?, pregunta cargada de bolsas del Santa Isabel. Adentro no hay mercadería, sólo hay más bolsas. Parece una empleada doméstica, no sólo por el delantal cuadrillé que deja encima del mostrador, sino por la curtida mano que le alarga al dependiente para recibir una rociada de Ruby Lips de Salvador Dalí, una de las últimas “reproducciones” del alquimista.
-También tengo el Cool Woman de Ralph Laurent, dice Zachary con un acento francés de colono africano.
-¿Me lo muestra?, pide la mujer estirando la otra mano con el delicado gesto de una reina decadente.
El mundo de don Zachary -que en jerga bíblica significa “no olvidado por Dios”- es el de las botellas, alambiques, probetas y estantes repletos de los aromas más exclusivos del mundo pero a precios de paquetería de barrio.
“Lo que yo hago, no son copias ni imitaciones de perfumes, son réplicas idénticas al original con una calidad de fijación casi perfecta, porque duran más que los originales”, explica este pequeño hombre de sonrisa permanente, dedos finos, nariz afilada y camisa de diseñador. Un personaje que vive literalmente de su olfato, acercando al público que aún se baña en Colonia Inglesa, las fragancias más exclusivas del mundo.
“En este momento tengo un stock de aproximadamente 500 tipos distintos de perfumes y todos los voy sacando a partir de lo último que llega a Chile. Si veo uno nuevo en las revistas voy y lo busco en las tiendas del Alto Las Condes, por ejemplo, pido que me lo apliquen y conservo una muestra. Entonces lo huelo y voy separando, las notas, los colores y junto las esencias en el laboratorio. De a poco me acerco al perfume hasta que lo tengo. En eso me demoro cinco minutos máximo”, cuenta levantando la voz en su local.
ESENCIA ÚNICA
Algo en él remite de inmediato a la figura de Jean Baptiste Grenouille, el personaje de El Perfume creado por Patrick Suskind, claro que Zachary no va por ahí matando muchachitas y robando aromas de sus víctimas para concentrarlo en la esencia única, como el alquimista de la novela alemana. No por nada, bajo el mostrador Zachary guarda dos libros que valen su peso en oro: uno es el libro negro donde acumula sus fórmulas sacadas al olfatómetro y que anota en jeroglíficos que sólo un autodidacta como él comprende, el otro es un ajado ejemplar de la novela de Suskind con la que aún se fascina.
Al igual que el protagonista del libro, Díaz cuenta que alguna vez estuvo obsesionado con llegar a la raíz de los aromas, “llegar más allá que Grenouille y crear la esencia misma, pero para eso se necesitan alambiques enormes para cocer, por ejemplo, toneladas de pétalos de rosa y lograr medio litro de esencia”. Por ahora está embarcado en otros proyectos como ampliar su pequeño imperio de los olores, llegar a los malls de Santiago y dar más trabajo a las personas que desde hace poco venden sus perfumes puerta a puerta.
De penurias, sabe este hombre que ahora mira para atrás y se emociona fácilmente al recordar la infancia en que quedó huérfano y perdió a su único hermano camino al servicio militar en Punta Arenas. “Tuve que vagar por las playas de Viña del Mar y Valparaíso y en ocasiones alimentarme de pescado crudo o la caridad de la gente durante mucho tiempo”. Después entró como ayudante en los desaparecidos Laboratorios Cosméticos King donde puso atención al trabajo que le dieron y como un buen alumno comenzó a experimentar hasta el día de hoy creando al comienzo lavalozas, limpiavidrios, lustramuebles, desodorantes ambientales, desinfectantes y hasta un novedoso shampoo de auto.
EL SUEÑO DEL ALQUIMISTA
Todos los días a la hora de almuerzo, Don Zachary recibe la visita de un mendigo. A veces le pide comida, otras le pide ropa, pero siempre le pide una bocanada maderosa de Hugo Boss en la pelada antes de irse con la cara iluminada, como la nana que escogió al final un Chanel 5, uno de los más llevados.
“Yo le explico a la gente que el perfume hay que elegirlo con mucha atención, porque depende del pH, un mismo perfume “le toma” distinto a alguien según lo que coma, si fuma o no, incluso dependiendo del estado de ánimo que tenga. Los que saben de perfume vienen para acá en tremendos autos a veces y los que no saben igual, total yo les enseño”, cuenta satisfecho. Por estos días está estudiando para sacarle el mejor provecho a la aromaterapia y también coquetea con la posibilidad de enviar sus perfumes a Alemania, “la tierra de Suskind”, agrega despacio como una especie de mantra. Pero aún sueña con crear un perfume para alguna celebridad. “Quisiera hacerlo en una caja de diseñador para lanzarlo con el nombre de Margot Kahl o Don Francisco, por ejemplo pero con etiqueta By Zachary como el Antonio Banderas que viene firmado por Puig”, dice.
No hay comentarios:
Publicar un comentario